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LA CUEVA DE LOS SIETE PALACIOS 1ª PARTE

                              LA CUEVA DE LOS SIETE PALACIOS (1ª PARTE)

                                  (JOSE ALBERTUS GARCIOLO)

 

 

            La tormenta terminó tan de repente como había comenzado, y en su lugar se levantó un viento helado haciendo imposible el avance. El jinete se cubrió la cabeza con la capa buscando así un poco de alivio contra el frío; pero ésta le ofrecía poca ayuda, estaba totalmente mojada, al igual que sus vestidos; el frío lo sentía en sus huesos produciendole terribles dolores. Debía encontrar algún refigio y encender fuego, si no quería congelarse encima de su caballo.

            Cabalgaba por un espeso bosque. Los ároles grandes y de espesos ramajes ocultaban la luz. Aunque era medio dia reinaba una oscuridad permanente, debido también a que el cielo estaba cubierto y amenazaba con empezar a llover de un momento a otro.

            El caballo empezaba a dar señales de cansancio. El suelo era, a causa de la lluvia, un barrizal, y el animal empezaba a tener dificultad en su avance, de seguir así caería rendido para no poder levantarse más. El jinete dejó escapar un suspiro de resignación y desmontó, acariciando la frente del animal y echó a andar en el barro tirando de las bridas. El animal, al verse libre de su peso, lo seguía dócilmente.

            Agotados y cubiertos de barro, hombre y animal, llegaron a un claro del bosque donde, para alegría del hombre, se encontraba una cabaña. Estaba construida junto a un montículo de rocas, de entre las cuáles brotaba un manantial. El agua formaba un laguito antes de discurrir, en forma de riachuelo, bosque a través.

             La cabaña no era habitada, y por su aspecto, no parecía haberlo estado desde hacía tiempo, el polvo y las telarañas daban testimonio de ésto. Poseía una cuadra lo suficiente espaciosa para darle cabida a su caballo. Habiéndo alojado y habastecido de yerbas al animal, se ocupó de su propio bienestar.

             Apilonó leña, de las que a doquier podía encontrarse, en la chimenea, y no tardó en arder un chisporroteante y reconfortante fuego. Se deshizo de sus húmedas vestimentas colocándolas, para su secado, cerca del fuego y, así, desnudo como estaba, se tendió en el catre que no muy lejos de la chimenea había, tapándose con las pieles que cubría el lecho, sin preocuparse del polvo y telarañas en ellas acumuladas.

            Un olor que le traía a mente recuerdos felíces de su lejana niñez, le hizo abrir los ojos. De pequeño gustaba acudir a la cocina del castillo donde habitaba. Allí pasaba el mayor tiempo posible, en compañía de los criados, escuchando atento las historias y romances que le solían contar. Allí se mezclaban los olores: pastelillos, pan recién cocido y, en especial, a puchero hecho con carne de caza, la que no faltaba. Ese era el olor que le hizo despertar. Así olía en la cabaña.

           -¡Malos tiempos éstos para viajar! –dijo una voz.

            Sobresaltado se puso en pie dándo un salto, empuñando la espada, presto a hacer uso de ella.

            La vieja se sentaba junto a la chimenea y desde allí lo miraba burlona, sin dejar de mover el contenido del caldero que colgaba sobre el fuego. Fuera, lo que fuera, lo que allí cocía, olía muy bien, y le hizo recordar lo hambriento que estaba.

          -Si no andáis con cuidado, señor –dijo la vieja-, terminaréis por sesgar vuestra lanza, y os veréis desarmado cuando más lo necesitéis.

           Dándose cuenta, entónces, que se encontraba desnudo, se apresuró a cubrirse con sus ropas, las que secas y a punto estaban.

           Una vez tapada ya su vergüenza, se sentó frente a la vieja. Al verla ahora a la luz del fuego que ardía en la chimenea, la observó con atención. La fealdad de su cara era casi monstruosa. Sus ojos eran dos cavidades casi calavéricas, en el fondo de los cuáles se movían dos ojos astutos e inteligentes, sin una pizca de maldad. Su nariz alargada y encorvada hacia abajo le daba el aspecto de un ave; en el lado tenía una berruga de la que le crecían pelos largos y negros, como un haz de juncos chamuscados. Sus labios estaban llenos de llagas, de las que resbalaban pús, las que se limpiaba pasándose las mangas de su vestido por los labios; éstos poseían ya una corteza dura. Él la miaraba con una mezcla de asco y asombro.

         -Debéis perdonarme, abuela, por haber interrumpido en vuestra casa y haber utilizado vuestro lecho –se disculpó.

           Ella hizo un gesto con la mano para hacerle saber que no le molestaba lo más mínimo.

           Comieron guardando silencio. Sólo el ruido seco que hacían las cucharas de madera sobre los cuencons podía escucharse. No era poco lo que el caballero engulló, tal era su hambre. Mientras tanto la tormenta se había retirado, tal como si su deber hubiera sido atraer al hombre a este lugar, marcándose una vez ya cumplido lo que le fuera mandado.

          -Os estoy en deuda –dijo él una vez ya levantado manteles, saciado de comer; pero no de peregrinaje-. Si hay algo que pueda hacer por vos…

          -No me debéis nada; aunque… Sí, hay algo que deseo que hagáis –limpió su boca con su huesudas manos, restregándolas después en su vestido-. Como véis, vivo apartada de todos; son pocos los placeres que me ofrece la vida…

         “Con tal de que no me pidas que te bese”.

         -…Siento curiosidad por saber los notivos y razones que os hacen llevar una vida herrante como la que, según puedo adivinar, lleváis.

         El caballero le contó sus motivos, esto fue lo que contó:

         -Cuando el Sultán moro pisó por primera vez éstas tierras, no sólo trajo consigo una lengua y una religión pagana, trajo también un hechicero versado en las malas artes de la mágia negra. Cuentan, que si no era el mismísimo diablo en persona, sí uno de sus más allegados.

           El Sultán era dueño y señor de un numeroso ejército de mercenarios y guerreros, tan sedientos de sangre como lo era él mismo. Por doquiera que pasaban todo era matanzas, saqueos y violencia. Todo cuanto encontraban en su camino, lo que no era consumido por las llamas, era hecho a rás del suelo. Esto ocurría con la ayuda y protección del hechicero que, según cuentan de él, no repudiaba la violencia; sino al contrario, la provocaba, como si su poder se alimentara del sufrimiento de los demás.

          Ocurrió, que con el correr del tiempo, las guerras y el matar terminaron por aburrir al Sultán. Así fue como decidió retirarse de tanta violencia y llevar una vida tranquila, disfrutando de la riqueza acumulada. El dia que se desposó, despidió al hechicero, pues, si bien éste le había servido bien, le tenía temor, a tal motivo quiso tenerlo lejos. Le ofreció riquezas y tierras de las conquistadas; pero el mago sólo pidió una cosa, que no olvidara el pacto que hicieran. Debía entregarle su primer nacido, si ésta fuese una hija, justo el mismo dia de cumplir los dieciocho años. Convencido el Sultán de que Allah le sería benigno, y le daría un hijo primogénito, le aseguró al mago que compliría con lo pactado. Se equivocó. Allah le dio una hija, negándole el nacimiento de más hijos. Era la venganza de Allah por los incontables pecados del Sultán.

            Celosamente custodiada, oculta a los ojos y a los oídos de todos, creció la hija convirtiendose en una bella y, aunque encerrada entre paredes de palacio, alegre moza.

           Gran parte del dia, cuando no estaba ocupada en los estudios, lo pasaba tras las cerradas hojas y rejas de la ventana. Esta daba con vista a la plaza, que hace a la vez de mercado. Su vista fija en la muchedumbre, sigue cuántos caballeros y mercaderes, ataviados en sus ricos y costosos vestidos y joyas, buscando tal vez entre éllos a su galán soñado.

           Si bien el Sultán se había retirado a su descanso, no así parte de los que una vez fueran sus soldados. Aquéllos que no quedaron a formar parte de la guardia y defensa de su Reino, se unieron formando salvajes hordes, dedicandose al terror y al saqueo, tanto por tierras del Sultán, como en otros reinos, no haciendo diferencia entre moros y cristianos.

          Ocurrió, que en una de esas contiendas, en defensa de mi País, caí prisionero y vendido a un ávaro y falto de escrúpulos mercader de esclavos. Junto con otros prisioneros de diferentes razas y países, fuí llevado a éste Mercado junto a Palacio, en espera de hacer una buena venta

          Se fijó el precio por mi compra, no siendo bajo lo pedido. Debía haber interés por mi adquisición, pues no tardó mucho y el precio se duplicó, subiendo a medida que aumentaba la cantidad de compradores. En la puja estaban cuando apareció la Guardia de Palacio, abriendose paso como de costumbre: a patadas y sablazos.

          -¿Cuál es el precio de aquél de allí? –dijo el capitán, señalando con el dedo hacia mí.

          El codicioso mercader comentó un precio, siendo éste más elevado del estipulado.

          -¡Adquirido! –dijo, y le lanzó a sus piés una bolsa. El ruido que hizo al tocar el suelo no parecía indicar que fuera mucho su contenido.

          El mercader se apresuró a levantarla y contar su contenido.

         -¡Pero ésto no cubre ni lo que se ha comido! –exclamó poniendo cara de perro apaleado.

          -¿A caso osas llamar ladrón a tu Sultán? –dice el soldado desembainando.

         -¡Imperdonable error! ¿Cómo he podido equivocarme? –dice contando de nuevo las monedas- Es más de cuánto podía esperar. Agradecer de mi parte a Su Escelencia por su generosidad.

         Tras esto descargó su rabia en mí, en que me dio una coz en cierto sitio que no quiero mencionar.

         Me llevaron a Palacio, donde fuí lavado y vestido por eunucos, llevado después a la cocina, mi nuevo lugar de trabajo.

          Día antes de partir a la guerra, siguiendo las huestes en su lucha contra las hordas salvajes que asolaban al País, dí palabra a una hermosa joven, prometiendola el matrimonio. Si hubiese regresado a casa como hombre libre, tal vez hubiese cumplido palabra, dándole el matrimonio; pero dudo que hubiese podido darle mi corazón. Éste lo perdí en Palacio del Sultán.

          Zoraida, mi bella Zoraida, sufría la misma suerte que yo.

          ¿Cómo explicar su belleza sin ofender a los cielos? Con sólo decir que ésta es extraordinaria, no pecaría. ¿Cómo describir los rayos de sus negros, brillantes ojos? Basta decir que sus flechas ardientes alcanzaron mi ya apagado corazón, y la electricidad y sensualidad de su cuerpo lo hizo despertar de nuevo a la vida.

           La pureza de sus blancos velos, eran oscurecidas por la pureza de su Alma. Si existen de verdad ángeles en el cielo, ella debe ser uno bajado a la tierra.

           -Bella de entre todas las mujeres –me atreví a decir, aún sabiendo que tal atrevimiento podía costarme la vida-. Prisionero soy del Sultán; pero desde hoy no soy otro que vuestro esclavo.

           Con la dulcura y bondad de una diosa, me obsequió con la más hermosa de las sonrisas. Si quedaba algo en mí que aún me perteneciera, dejó de serlo en ese instante.

           Nos enamorámos, y no pasaba unsólo dia, sin que dejáramos de pensar el uno en el otro. Los días se nos parecían siglos, esperando ansosos poder vernos a escondidas y, cuando por fin nos veíamos, llorábamos al tener que separarnos; pero contentos en poder vernos al siguiente dia. El dia que, llorando nuestra mala suerte, abrazados nos jurámos amor eterno, le pedí huir juntos, aún sabiendo que mis palabras podían ser oídas por los espías de Palacio; lo que debió suceder, pues pasaron tres días en que ella no acudió a nuestro encuentro. Al cuarto dia tuve la seguridad de que así fue, al ser yo apresado por la Guardia de Palacio.

           Fuí llevado ante el Sultán. Éste parecía muy pensativo y muy preocupado. La expresión de su rostro denotaba tristeza. Junto al Sultán, sentada en un trono adornado con ricas piedras preciosas, de diferentes colores y destellos, estaba una mujer, todo envuelta en velos. Sus ojos ocultos tras las ricas telas, me miraban fijos. Yo no respondía a ésta mirada, pues no quería aumentar así la furia que el Sultán guardaba para mí.

           -Escucha bien, cristiano, mis palabras –dijo el Sultán-, pues no me resulta fácil hacer ésto que hago. A causa de una imprudencia de mi juventud, pesa sobre mí y mi familia un maleficio. Para romper ese maleficio he de entregar mi única hija, mi mayor tesoro, a un ser malvado. Si esto no ocurre pasados tres días, al cumplir sus dieciocho años, mi reino será azotado con el peor de los castigos. Mi amor hacia mi reino me induce a cumplir mi palabra y sacrificar a mi hija; pero, mi amor hacia mi hija, me dice que ella no debe pagar por las faltas de un mal padre. Por este motivo, te regalo la libertad, a cambio te la has de llevar contigo. Naturalmente, después de desposarla.

         – Majestad –dije-, de buena gana haría lo que me pedís; pero mi corazón pertenece a otra. Podéis mandar azotarme, podéis ordenar mi muerte; pero será Zoraida,y sólo ella, la mujer a la que despose y ame.

          El Sultán fue a decir algo; pero la mujer a su lado lo detuvo con un gesto de mano. Entónces se descubrió, y mi corazón saltó de alegría. Era ella, mi Zoraida, la hija del Sultán. Hasta ahora la creí una esclava más.

          Se fijó fecha para el desposorio, siendo éste fijado para el día siguiente. Y, he aquí que, tan ocupados estábamos en los apresurados preparativos, que olvidámos que el Mal no duerme. Todos en palacio caímos en un profundo sueño, el que duró tres días. Al despertar, Zoraida ya no se encontraba en palacio, había sido raptada por el malvado hechicero.

        Desde ése mísmo dia ando en su busca, y no he de parar hasta encontrarla, o hasta hallar la muerte en el intento.

        La vieja había escuchado muy silenciosa. ¿Eran lágrimas lo que parecía brillar en sus ojos? El hombre se la quedó mirando, y al no ver reacción, temió por su salud.

        -¿Os curre algo, abuela? –dice.

        -Sin duda alguna –comienza a hablar la vieja-, ese hechicero de quien habláis, es Hassan el Kahf, también llamado, y con razón: El Djahannami (El Diabólico). Conocido en muchos reinos, temido y odiado en todos éllos. ¡Mal enemigo os habéis buscado!

        Cerró los ojos, y así permaneció mucho rato. Nadie decía nada. El fuego estaba casi consumido, y la temperatura en la cabaña había descendido. El hombre avivó la hoguera en que le echó nuevas ramas secas. El calor volvió de nuevo a extenderse por la estancia. La vieja seguía con los ojos cerrados, su cara y su cuerpo inmóviles, cual si en una estatua se hubiera convertido. El hombre ya empezaba a preguntarse si dormía, o la muerte le había sorprendido de manera fulminante.

        -Decídme –dice lavieja en el momento que el hombre alargó el brazo para percatarse que aún vivía-, ¿qué fue del Sultán y su reino?

         Bajó el brazo, el que había quedado quieto en el aire, poniéndolo sobre sus rodillas.

       -Dolorido y ciego por la rabia y el dolor de haber perdido a su querida hija, mandó su ejército tras el hechicero, dejando así su reino sin defensa. Fue presa fácil para los bandidos y renegados. Ahora reina otro en su lugar.

        Las lágrimas corrían ahora por su cara, sin poder retenerlas.

        -¿Os pone triste mi historia, que echáis a llorar? –pregunta sorprendido el hombre.

         -Me entristece, porque vuestra historia me hace recordar la mía propia. Yo también ando en busca de mi amado, el que me fue arrebatado de forma no menos ruín que lo fuera la vuestra.

         -Podéis hablarme de éllo, si esto ayuda a calmar vuestro dolor.

          Hizo un gesto con la mano, para hacerle saber que no era ése su deseo.

         -Pasó por aquí –dice-. Hassan el Djahannami pasó la noche aquí…

         -¿Qué? ¿Qué me decís…?

          -¡Por favor, mi señor, me hacéis daño!

          -Perdonádme, me dejé llevar por la rabia –dijo él soltandola. La había agarrado por los hombros y la zarandeaba-. Continuad, os lo ruego.

          -Viajaba en compañía de una joven dama. Triste, abúlico y ausente era su estado, muy propio de estar bajo un hechizo. Él mostraba una herida de corte, la que comenzaba aquí y acababa en este otro sitio –señaló con el dedo una línea que iba desde la ceja izquierda a la oreja-, lo que mostraba no ser por voluntad propia el seguirlo. Pasó la noche en el mismo camastro que lo habéis hecho vos, mientras él lo hizo justo donde yo ahora estoy sentada. Pero no dormía, no. Su cuerpo era un cuenco vacío; su alma, si alguna tenía, se encontraba lejos, sólo él sabía dónde.

          A la mañana siguiente siguieron su camino, y nada, ni siquiera sus huellas, dejaron testimonio de su estancia aquí.

          La vieja volvió a guardar silencio.

          -¿Qué dirección tomaron?, ¿lo sabéis?

           -Hacia el sur… –hizo una pausa, como queriendo ordenar sus pensamientos- Se habla de alguien, no debe ser otro que El-Djahannami, que habita en una cueva. Ésta se encuentra en la cima de un cerro, de no muy fácil asceso. Sirvientes y esclavos, carentes éstos de voluntad, las que le fuera robadas por el mago, escarbaron una gruta. Las altas paredes y techo de esta gran sala construidas piedra por piedra, fueron adornadas con extraños jeroglíficos y símbolos mágicos. De las paredes, dirigidas a distintas direcciones, hay abiertas siete cavernas; se dice, de entradas a siete reinos de fantásticas maravillas y riquezas. Muchos son los que se han atrevido en éstos subterráneos, no habiéndoseles vuelto a ver, perdidos para siempre en éstos laberintos, llenos de trampas y pelígros.

         Si queréis rescatar a vuestra amada, y no dudo de que así sea, debéis buscar en éstos laberintos. Pero, sabed una cosa, tal vez no la halléis como vos la recordáis, pensad que debe estar bajo un hechizo, y sólo la fuerza del amor podrá romperlo…

         -¿Decís que debo ir rumbo Sur para dar con el lugar de que me habláis? ¿Cómo sabré haber llegado a dicho lugar y no al cualquier otro?

         -Debéis segui el cauce del riachuelo hasta dar con un caserón, se trata de una posada. Esta debéis evitarla, es regentada por bandidos que asesinan a los viajeros durante el sueño, para robarles sus pertenencias.

         Seguid entónces el camino que de allí parte, hasta que veáis tres islotes salidos del mar cual crestas de un gigantesco dragón. Ese es el sitio que buscáis, y la cima erguida en medio de un valle, pedragosa y escasa de plantación, el final de vuestro peregrinaje.

        Cuentan, y quiero que lo sepáis, que una vez entrado en una de éstas cavernas, podéis encontraros de pronto en un bosque; puede que en un inhóspito desierto, o seáis sorprendido por una tormenta de nieve. En tal caso no os desviéis del camino. Veáis lo que veáis, oigáis lo que oigáis, no le prestéis atención. Los demonios que habitan tales lugares son muy astutos, y recurren a toda clase de artimañas para apoderarse de vuestra Alma. Si bien ellos no pueden pisar el camino, si pueden hacer que vos os apartéis de él, entónces no tendréis oportunidad de encontrarlo de nuevo. Ya os podéis imaginar cual será vuestra suerte.

         El hombre había escuchado con atención mientras hacía preparativos para su pronta marcha, mas, al volverse en dirección de la vieja queriéndole hacer una pregunta más, esta ya no estaba allí, había desaparecido.

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