Otro sitio más de WordPress.com

LA CUEVA DE LOS SIETE PALACIOS 2ª PARTE

                     LA CUEVA DE LOS SIETE PALACIOS  (2ª PARTE)

                              ( JOSE ALBERTUS CARCIOLO)

                En la noche del siguiente dia avistó la posada. Era un gran caserón de madera, la luz de la estancia en aquél lugar desolado se dejaba ver por las dos grandes ventanas de la planta baja, dándole el aspecto de dos ojos inmensos. En su interior se apreciaba movimientos de varias personas ocupadas en alguna tarea. El falso idílio que aspiraba aquél lugar le recordó lo cansado que estaba, y sintió deseos de dormir en un lecho blando; pero desistió de este impulso, recordando la advertencia de la vieja.

                Evitó la casa dando un rodeo y siguió el camino que, según le dijera la vieja, le llevaría a su destino

               Durante tres días siguió el serpenteante camino, el que le había hecho cruzar llanos, subir y bajar montañas, escalar peligrosos pedragales y no menos peligrosos acantilados. Hacia el medio dia del cuarto dia de marcha, desde que tomara la dirección indicada por la vieja, llegó por fin a su destino, después de haber vagado por todo el país durante diez largos años.

              -¿Es en serio, muchacho, esto que dices, o te permites una burla conmigo?

               -¡Lejos estoy yo de permitirme tal cosa! Vuestra Señoría me contrató para guiarle a la puerta de la cueva, llamada la de los Siete Palacios, también conocida por la de los Siete Infiernos, y eso es lo que he hecho. Estad seguro Vuestra Señoría, que ante la tal cueva os encontráis.

               -Mira a tu alrededor y después hacia el lugar que me dices –habla el hombre irritado-. Después me dices qué es lo que vés.

               El mozo hace lo ordenado: mira a su derecha, a su izquierda. Mira hacia atrás, y después fija la vista al frente.

              -Bien, ¿qué es lo que estás viendo?

             -Un montículo de piedras y tierra, y yerbajos secos –dice-. Pero aún así, ésa es la entrada. Todos aquéllos que habitan dentro y fuera de los muros que rodean la ciudad, os lo podrá confirmar.

            -¡El zagal os dice la verdad!

            Los dos vuelven la vista hacia donde pareció venir la voz. El que había hablado vestía los harapos de un mendigo. Su mano izquierda se agarraba a un palo de acebuche, con la derecha sostenía un pergamino enrollado. Sus ojos los miraban sin verlos, estaba ciego.

           -¿Sóis, señor, quien creo que sóis?

           -¿Y quién, según tú, debo ser?

           -¿Don Pedro de Alejandro?

            -¡Has creido bien, ese soy yo! ¿A qué se debe que conozcas mi nombre?

            -Os contaré, pues ese es el motivo por el cuál estoy aquí: Estaba yo en el sitio de costumbre, en la plaza del mercado, rogando limosnas, como debéis saber. Adormilado y aturdido por el calor, me apoyaba cantra la pared, cuando de repente un ruido me hizo volver en sí. Era el ruido que hace una moneda al chocar contra el culo del cuenco. Seguramente os preguntáis qué tiene de especial el ruido de una moneda dentro de un cuenco; todas las monedas suena igual: a metal. Pues os diré que no es así. Cada moneda tiene su sonido, que especifica según el metal con el que está acuñada; debéis creerme, pues en esto me conozco bien. La moneda que sonó allí dentro tenía otro sonido al que yo estoy acostumbrado a oir. Tomé la moneda muy apresurado y la mordí y palpé tratando de identificar su valor.

          “-Es de oro” –dice una voz frente a mí. Era una voz de mujer-. “Y te daré dos más si aceptas llevar un mensaje”.

          “-Señora, por tres monedas de oro llevo mensajes a todos y cada uno de los habitantes de este reino”-le dije.

          “-Me basta con que lo lleves sólo a una persona”.

          -Ésto fue lo que me dijo: “Debes estar, pasados tres días, contados a partir de hoy, y justo en este momento, en el lugar que se encuentra la Cueva de los Siete Palacios. Allí hayarás a un caballero con nombre Don Pedro de Alejandro, le dás esto que te doy” -, me dió este pergamino que ahora os entrego-. “También le darás este mensaje que sigue: Vuestra amada nunca ha dejado de seros fiel, aunque no lo penséis así al oir éstas palabras:

          “El-Djahannami, seducido por la belleza y la promesa de Zoraida, de convertirse en su amante y esposa, la inició en las artes de la mágia, aprendiendo con rapidez cuanto podía aprenderse en este arte. Pero esto no le fue suficiente a Zoraida. Para llevar a cabo el plan que se había forjado, era necesario aprender de los secretos libros que el hechicero guardaba bien ocultos.

          Éste se negó al principio, pues su contenido podía otorgar mucho poder a aquél que los estudiaba, mas, ciego de amor como él estaba, accedió. Esa decisión le costó la vida. Algo peor que eso, tuvo un final mil veces peor que la muerte.

          Zoraida contactó con los habitante de los infiernos, entregando al malvado a los demonios. Terribles eran sus gritos cuando fue arrastrado a las profundidades.

          ¡Ah!; pero Zoraida había desastimado el poder del malvado. Aún, mientras era arrastrado, consiguió hechizar a la mujer, y hacer que la entrada de la cueva quedara cerrada, dejándola prisionera para siempre. Si bien su espíritu puede escapar de su prisión, sólo por un tiempo limitado, su cuerpo permanecerá hasta el final de los tiempos encerrado en los laberintos de la cueva. Sólo vos, caballero enamorado, podéis poner fin a este encierro, si sabéis hacer las cosas bien.

          Por último, me encargó recordaros los consejos que os dieran en cierta cabaña del bosque: ¡No abandonéis el camino, veáis lo que veáis y oigáis lo que oigáis!

          Éstas fueron las palabras del mendigo, y no fue posible sacarle más, pues más no le habían sido dadas.

          Lo que en el pergamino había dibujado era, como no tardó en comprender, el lugar exácto donde debía posar la mano para poder dejar libre la entrada de la cueva. Habiéndo seguido las instrucciones al piel de la letra, quedó abierta la entrada y libre el asceso.

         Se encontró ante una gran sala, ante siete entradas en diferentes direcciones y ante la duda de cuál de aquéllas entradas tomar.

         Tendría que elegir al azar. Debía de pensarlo bien, pues un error le podía llevar a la muerte, ya que debían haber trampas ocultas. Una de las sietes entradas era la que le conduciría a ella; pero, ¿cuál de ellas tomar? Decidió que fuese el caballo quien eligiese ésta, quizás el instinto de animal le hacía escoger la correcta. Pero el caballo estaba allí parado tan desorientado como su amo.

         Se decidió por la segunda entrada a su izquierda, dirigida hacia el sur; pero hubo algo que le hizo cambiar de idea. Le pareció ver una sombra adentrarse en el cuerto pasadizo, a su derecha; sin dudarlo un instante, hacia allí se dirigió. Dióse prisa en su avance, deseoso de ver quién era el misterioso personaje que parecía indicarle el camino a tomar; pero no alcanzó a verlo, parecía haberse desvanecido en el aire.

         Ahora se encontraba ante dos entradas, y ante la duda otra vez de cuál de ellas tomar. Fue entónces cuando la vió. Era la vieja que le hablara en la cabaña. Ésta tomó la entrada a la izquierda sin hacer caso a las llamadas del hombre. Éste tomó aquélla dirección sin dejar de llamarla; pero la mujer había desaparecido una vez más.

        Esta vez no se encontró con ningún impedimento, alcanzando la salida rapidamente. Ante él se encontraba un bosque. Justamente delante de él había un camino, estrecho y polvoriento. A los lados crecían raquíticos árboles, de forma tan juntas, que cualquier avance a través del bosque debía resultar dificultoso. Una espesa niebla cubría su suelo impidiendo ver éste, sólo en camino, por algún misterioso motivo, se veía libre de esa niebla de aspecto poco natural.

        Mal lugar era aquél, se podía notar la presencia de algo, algo maligno y diabólico oculto entre la niebla. Ningún pájaro cantaba, ninguna ardilla, ningún ratón se dejaba ver. Aquél era un lugar dónde sólo la muerte habitaba. Era el mismísimo infierno.

        El caballo resoplaba nervioso, aquél lugar tampoco le gustaba. Le habló palabras tranquilizadoras, y montando en su lomo se adentró en el bosque, camino adelante. Avanzaba despacio, con la vista atenta al camino, sin prestar atención a los ojos luminosos que lo seguían en la niebla.

        Siguió cabizbajo ognorando las voces que lo llamaban. Eran voces de familiares y personas conocidas que lo llamaban, reprochándole su olvido y su tardanza..

         A medida que avanzaba ibáse despejando la niebla, y la arboleda haciéndose más clara, hayándose de repente en un verde prado, donde crecía abundante vegetación y flores de los más bellos colores. El sol brillaba con intesidad; y hasta podía oirse el trinar de los pájaros. Era un hermoso panorama; aquél lugar respiraba tranquilidad. Intuía que se trataba de una nueva visión óptica producida por los demonios, con la intención de desviarlo del camino. Por ese motivo no se movió de donde estaba, a pesar de que el camino pareció tener allí su fin.

         Una mujer paseaba por entre la espesa vegetación llevando en la mano un ramo de flores de los más bellos colores. Cantaba una dulce canción de amor, bailando al par de su canto. Él sufrió de nuevo un sobresalto al reconocer aquélla voz y aquélla melodía. Era Zoraida, su amada Zoraida; sin poder contenerse, la llamó.

        La mujer se volvió lentamente quedando de cara a él. ¡Qué hermosa era! Su belleza le cegó sus sentidos, y estuvo a punto de correr hacia ella. El caballo intuyendo el peligro soltó un relincho, negandose a dar un paso. Esto lo volvió a la realidad, dándose cuenta enseguida del error que estuvo a punto de cometer. Ella seguía sonriendole con los brazos extendidos, esperandolo.

       -¡Desaparece demonio. Vuelve a los infiernos, de donde has salido! – gritó tratando no mirarla.

        La mujer dejó oir una carcajada; ya no era la dulce, la hermosa Zoraida la que estaba frente a él, era su madre que se burlaba, después su padre. Así fue cambiando el demonio la apariencia de uno en otro, hasta desaparecer. Tan rápido como había aparecido el prado, éste desapareció, volviendo a ser lo que siempre había sido: un negro y frío bosque. Aún se oía en el aire la diabólica risa.

        Suspiró aliviado al ver que aún seguía estando en el camino sin haberse desviado de él. Y así, doloroso; pero contento, siguió el camino hasta su final sin que ocurriera nada más.

         Había dejado atrás el bosque, ahora caminaba siguiendo el camino a través de un sendero donde no crecía más que rocas y espinos. La luz seguía siendo la misma: oscura y mortecina. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se adentrara en aquél lugar. ¿Días, semanas? Imposible decirlo, para él parecía haber transcurrido meses.

       El lago apareció tan de repente, que lo atribuyó a una nueva visión obtica de los demonios. Pero no era así, el lago era real. Era un inmenso lago, en el centro del cuál se alzaba una pequeña isla, en la que podía distinguir una casita, de cuya chimenea escapaba humo, indicando que era habitada. ¿Había llegado al final de su búsqueda? ¿Era Zoraida la que allí habitaba, o era el malvado hechicero? Pronto lo sabría.

       Sentóse a la orilla, necesitaba pensar; era necesario urgir un plan antes de acercarse al islote, necesitaba de toda su destreza para no dejarse sorprender. Observaba su imagen reflejada en el agua, como esperando de ella una solución, y allí, junto a la suya, se reflejó otra imagen.

      -¡Zoraida! –gritó volviendose. Pero no era Zoraida la que se encontraba tras él, sino la vieja que una vez viera en la cabaña del bosque.

       Allí estaba él, ante la anciana. El espejo del agua reflejaba su imagen; pero la imagen que reflejaba la vieja no era otra que Zoraida. ¿Qué clase de mágia era aquélla?

       -¿Zoraida? –preguntó en un susurro.

       La vieja movió la cabeza afirmativamente.

       ¡No, aquélla no podía ser su Zoraida. Debía tratarse de un nuevo engaño! Convencido de que así era, se apartó de ella y montó a caballo alejandose al trote. La mujer lo vió alejarse hasta perderlo de vista, por sus mejillas resbalaban dos chorros de interminables lágrimas. Se volvió y, lenta, muy lentamente, echó a andar hacia el agua.

       Cuando el hombre volvió grupas acercándose al lago, desaparecía su cabeza bajo las aguas. Desesperado se arrojó al agua buscándola; pero sus manos tocaron el vacío. Como en trance salió del agua, desensilló al caballo dejándolo libre, y tras ésto se encaminó hacia el lago dejándose cobrir por sus aguas.

       En ése mismo instante, todas las siete entradas a los diferentes mundos, se cerraron, y así permanecerán hasta que alguien encuentre la manera de abrirlas.

       Hasta entónces, dos solitarios cisnes nadan sobre las tranquilas aguas de un lago, en espera de que su hechizo sea levantado.

                                              JOSE ALBERTUS GARCIOLO

Una respuesta

  1. Mickael

    Hermosa historia, no conozco al autor, pero escribe muy bien. Ya me diras que mas ha publicado, me gustaria leer algo mas de el.

    23 marzo, 2009 en 7:21

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s