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TRES DESEOS (Jose Albertus Garciolo)

                                    TRES DESEOS

                     (-Un funcionario con cuento-)

                    JOSE ALBERTUS GARCIOLO

Mi vida ha vuelto a ser tan monótona y aburrida como lo fuera antes.

Me corrijo.

Mi vida ha vuelto a ser tan monótona y tan jodidamente aburrida como lo ha sido siempre. He tenido en mis manos la posibilidad de poseer todo aquéllo lo que ustedes pudieran soñar. ¿Todo aquéllo dije? ¡Más! Todo aquéllo y mucho más. En lugar de eso me encuentro aquí sentado en mi oficina, tras una aburrida mesa, haciendo el aburrido trabajo para un aburrido Ayuntamiento. En verdad que antes no me había parado a pensar en que si la vida que llevo me llena o no; quiero decir, antes de que apareciera atropelladamente aquél tipo en mi oficina y me soltara aquél rollo tan tremendo. Por cierto, ya entrados en rollos se me ocurre una pregunta: ¿Creéis en la mágia? Quiero decir: ¿en hadas, gnomos, e-té-cé, e-té-cé?

Lo suponía, yo tampoco lo creí antes. Quiero decir, antes de que apareciera atropelladamente aquél tipo en mi oficina… Perdón de nuevo, creo que empiezo a repetirme.

Fue un lunes, lo recuerdo perfectamente porque los lunes siempre tengo que luchar contra la resaca del fin de semana. Por suerte que ser funcionario de un Ayuntamiento tiene sus ventajas, puedes fingir que trabajas, mientras la verdad es bien otra; pero no es de eso de lo que os quiero hablar, os quiero hablar de aquél tipo que entró…

Entró sin llamar y se plantó delante de mí adoptando tal posición, que me hizo temer por mi culo. Cuando habló, temí también por mi traje nuevo, pues, no sólo hablaba como si tuviese la boca llena de agua, sino que la escupía.

Me dijo que le ayudara a recuperar su nombre y sus pertenencias, pues nadie parecía reconocerle en el pueblo, a pesar de haber nacido aquí. Le dije que eso era asunto del Registro Civil, y yo con eso no tenía nada que ver, lo mío era hacer que pasaran las ocho horas de trabajo sea como sea. Él insistió en que debía ser yo el que tomara su asunto entre manos, al fin y al cabo, me dijo, era yo descendiente suyo. Él sabía, eso fue lo que me dijo, que yo era descendiente de una tal Carmencica la Pelúa. Una de las muchas campesinas que él había preñado hacía ya muchísimo tiempo.

Le dije que debía ser imposible, pues la única pelúa que yo conozco, era la maricona del pueblo vecino, la que, con un par de consumiciones te la puedes tumbar. Se extrañó, y a la vez paració alegrarle que la tal Pelúa aún viviese, y me rogó y suplicó que lo llevase ante ella, pues ella era la única que podía atestiguar quién era él.

-¿Y, quién es usted?

-Don Antonio de Contacaminos, conde

Tal y como estaban las cosas sólo podía permitirme pensar, una palabra mal dicha y yo sería difunto.

Esa piedra, me explicó, era una piedra de Voyany, y tenía el poder de otorgar a aquél que la poseyera, tres deseos, fueran éstos cuales fuesen, y que me la daría como pago si aceptaba ayudarle.

No hay constancia en los textos de la historia local, ni siquiera en las leyendas popular, de la existencia de tal personaje. No obstante, para no enfadarlo más de lo que ya estaba, fingí creerlo e estar interesado en oir su historia. Esto fue lo que me contó:

de Villanueva –dijo muy tieso y muy orgulloso.

En la cabeza me hizo “tic”. Ese tipo estaba como una cabra.

Por la expresión de mi cara debió adivinar lo que me proponía a hacer, porque de un salto se acercó a mí apartando la mesa a un lado y con ella el botón que estuve a punto de apretar, dejandome perplejo y con el dedo tieso como San Juanico. Más perplejo me quedé cuando me mostró una piedra. Era una piedra lisa, del tamaño de un huevo (de pollo, que no de avestruz). La puso en mi mano y sentí un cosquilleo, como si estuviese cargada de energía. Tenía un boquete donde fácilmente podía introducir un dedo. Dijo que aquélla piedra se la había quitado a su mujer antes de huir de ella, y que la reservaba para sacar de ella (de la piedra), todo cuanto necesitaba. ¿Qué otra cosa, además del polvo allí acumulado, podía sacar de la piedra?, pensé yo.

 

Como todos los espíritus elementales, la vida de las Rusalkys están ligadas a severas leyes. Viven en el agua, en grandes palacios de cristal, donde pasan el invierno. En primavera avandonan sus palacios para vivir en la superficie. Se las puede ver a orillas de un riachuelo peinándose los cabellos.

Raras veces se dejan ver; y cuando ésto ocurre, ningún hombre se resiste a su belleza y queda para siempre a su merced. La mayoría de las Rusalkys son de una belleza sobrenatural: su piel es clara y brillante; blancos como la leche sus pechos. Cuerpo delgado, voz melodiosa, y largos y rizados cabellos, de color verde. Casi siempre están desnudas. Cuando se cubren, lo hacen con una túnica de seda blanca o un vestido confeccionado con hojas verdes. Sus cabellos siempre están húmedos; si se secan significa su muerte, por ese motivo siempre están peinándose. Cada vez que pasa el peine por sus cebellos, éste suelta un chorro de agua.

Las Voyanys son de la familia de las Rusalkys; pero éstas son fea y espantosas. Viven desnudas, tienen el pelo revuelto y sucio, ojos saltones; son jorobadas y sus uñas son largas como garras. Pueden adoptar cualquier apariencia; ya fuera pez, ave o cualquier otro animal. Sienten celos de sus parientas las Rusalkys, por ese motivo adoptan su apariencia para seducir a los hombres, y así tenerlos como amantes y esclavos.

Ocurrió que un dia salió de caza, seguido de su escolta. No temía un atentado por parte de los aldeanos, mas, todos estaban de acuerdo en una cosa, saber al conde lo más lejos posible; motivos suficientes para andar con cuidado.

Era un buen conocedor de las artes de las armas y un cazador experimentado, cobrando siempre la mayor pieza.

Los perros olfatearon un hermoso jabalí y ladraron escitados. El conde ordenó a sus criados de soltarlos, y empezó la caza. Lo que el conde ignoraba en ésos momentos era, que, a quien daba caza era a una Voyany, quien, para atraer al conde tomó la apariencia de jabalí.

A caballo y armas preparadas seguía el conde a los perros, seguido éste, a la vez, de su escolta. De repente, como si saliera de la tierra, apareció una espesa niebla envolviendo el bosque en tinieblas. Cuando se disipó, no quedaba rastro de sus acompañantes, se encontraba sólo en elbosque. Desorientado había tratado, en vano, de encontrar el camino de regreso al castillo; hasta que por fin, cansado y sediento, llegó a orillas del mar, dónde sentada en la arena, se peinaba una Rusalky. Estaba desnuda y le ronreía , mientras se daba una comilona de higos.

-Ven, y calma tu sed –dijo ella ofreciendole sus pechos.

Cegado ante tanta belleza, se fue hacia ella y bebió de sus pechos, y mientras bebía iba olvidandose de todo, hasta quedar hechizado. La Rusalky, que no era otra que una Voyany en esa apariencia, se sumergió en el agua, llevando al conde consigo a las profundidades.

Diez años pasaron, y todo ese tiempo vivió en un hermosa palacio de cristal. En todo ese tiempo no había pensado, ni una sóla vez en su vida anterior, en sus tierras, su familia; ni siquiera recordaba su nombre. Vivía sin saberlo esclavo de la Voyany. Tuvo con ella muchos hijos, habiendo heredado todos ellos la belleza de su madre

Ocurrió un dia que, preparando la comida preferida de la Voyany, teniendo las manos manchadas de los condimentos, se rascó un ojo. En ese momento se rompió en hechizo. Mientras que con un ojo veía el palacio de cristal, la belleza de la Rusalky y de sus hijos, veía con el otro lo que había estado oculto para él hasta ahora. El palacio era una cueva honda y oscura;la mujer una monstruosidad: jorobada y barrigona; sus pechos le colgaban hasta tocar el suelo. Sus pies eran como las de un ave, unidos sus dedos por membranas. Los hijos eran aún más horrorosos, mitad humanos, mitad monstruos. El conde huyó despavorido, dejandose llevar por las olas a la superficie. La piedra de la Voyany la llevó consigo.

En el pueblo nadie se acordaba del conde, y su castillo había pasado a ser propiedad del Ayuntamiento. Mientras él vivió diez años bajo el agua, en tierra habían pasado más de quinientos.

Ese fue el rollo que me soltó, y llegué a la conclusión que me equivoqué respecto a él. No estaba como una cabra, estaba como un rebaño entero.

Terminado su relato se inclinó hasta quedar su cara a la altura de la mia.

-No me crees, ¿verdad? –dijo.

-Bueno…Ejem…, yo…

Estaba en un verdadero aprieto, sin saber qué decir. Mentalmente repasé mi repertorio de mentiras, y no encontré la adecuada, que me hiciera salir de aquél atolladero. El tipo comprendió que no hacía más que perder el tiempo, y alargó la mano para quitarme la piedra, que en mi mano se encontraba, como si formara parte de ella. Empezámos a forcejear; él quería quitarme la piedra, y yo no quería dársela.

La puerta se abrió de golpe y dejámos de forcejear para mirar hacia esa dirección. La puerta había desaparecido. Algo la había hecho explotar, quedando hecha añicos. El trozo más grande era del tamaño de un mondadientes, y el más chico del tamaño de medio mondadientes. Y allí, en el hueco que había dejado la puerta, estaba la Voyany

-¡Arrea, mi mujer! –exclamó el supuesto conde, de tal manera, que era como decir: “¡La he cagado!” Tal era el miedo que debía tenerle.

Yo la miraba embelezado, tal vez boquiabierto; tan grande era su belleza vestida, que no me era dificil imaginar cómo sería estando desnuda. La mujer se fue acercando al hombre, el que parecía desmayarse en cualquier momento. A saber qué imagen de la mujer le hacía ver su demencia.

-¿Con qué ojo puedes verme? –preguntó la mujer al marido. Éste señala su ojo izquierdo.

Allí le clavó un dedo, el que, por un momento, me pareció verlo convertirse en un enorme clavo. Tras ésto se oyó un “plop”, y ya no había nadie allí. Ambos habían desaparecido, dejandome allí anonado y confuso, y con el problema de cómo explicar la desaparición de la puerta.

De pronto escuché una voz:

Pide, que por pedir no sea,

sea que fuere lo que deseas.

Tus deseos se cumplirán;

tan sólo tres, ninguno más.

Era la piedra que me hablaba. La miré y entónces me dí cuenta que había metido el dedo en el orificio, que para su puesta en funcionamiento debía ser. Miré la pared, de donde colgaba un calendario con la foto de una belleza morena, mirandome desde una playa de algún país del Trópico.

Entónces deseé estar allí.

Y allí me encontré de pronto

Era la playa de la foto. La misma arena, el mismo mar, las mísmas palmeras. Pero ninguna morenita que me miraba sonriente.

Ya creo estar escuchándote. Sí, a tí te escucho cuando dices: ¡Cojones, tío. Mete el dedo en el maldito pedrusco y hazla aparecer! Pues a tí, que eso dices, te diré, que justo eso fue lo que hice…

Pide, que por pedir no sea,

sea que fuere lo que deseas.

Tus deseos se cumplirán;

tan sólo dos, ninguno más.

Aquí aparece ella: tan morena, tan desnuda y tan… Tan… Tanta suerte podría ser completa si…

Pide, que por pedir no sea,

sea que fuere lo que deseas.

Tu deseo se cumplirá;

tan sólo uno, ninguno más.

…Me deseo hacer de vago el resto de mi vida.

Debí haber hecho algún fallo al mencionar mi deseo, pues en lugar de estar haciendo el vago tendido en la playa, junto a la morena, que aún me mira sonriente desde una playa de algún país del Trópico, me encuentro de nuevo sentado en mi oficina, tras una aburrida mesa, haciendo el aburrido trabajo para un aburrido Ayuntamiento.

Mi vida ha vuelto a ser tan monótona y aburrida, como lo ha sido siempre.

Moraleja:

Para dárte buena vida

y vivir sin trabjar,

ya que no eres currante,

se necesita bien poco. Digo:

-Bien te buscas una rica viuda.

Y; si decides robar,

róbale a los ricos,

pues, éstos ya roban bastante.

 

                     JOSE ALBERTUS GARCIOLO

Una respuesta

  1. Mickael

    Me ha gustado la moraleja de esta historia. Este hombre tiene todo lo que necesita un buen escritor, fanasia, sentido del humor e imaginacion, y como siempre, estupenda ilustracion.

    27 marzo, 2009 en 7:55

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